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lunes, 9 de julio de 2012

LA EDAD DE LA CIRUELA, de Arístides Vargas


Una cita con 9 mujeres que son como de la familia.

Texto y fotos: Salvador Perches Galván.

La memoria, el tiempo, imágenes difusas de un pasado que se niega a morir, un pasado que seguirá vivo mientras tengamos memoria de él, un pasado que se construye día a día con fragmentos de los recuerdos que vamos guardando, de un tiempo con olor a añejo y obsesiones escondidas en los más ocultos, en los más oscuros recovecos de nuestra mente.

Celina y Eleonora, hermanas, harán que, como fantasmas de un pasado remoto, ellas mismas niñas y las otras siete mujeres que habitaban esa vieja casona privada de hombres, vuelvan a asomarse a un presente constante e inmutable en donde el tiempo, ha sido derrotado.



Estas dos mujeres son la columna vertebral de la obra onírico-poética La edad de la ciruela del dramaturgo argentino Arístides Vargas, dirigida por la actriz Aleyda Gallardo en su muy afortunado debut como directora teatral. Este montaje forma parte del ciclo “Óperas Primas”, en el foro La Gruta del Centro Cultural Helénico.

En Octubre de 2001 Alejandro Aura publicó en Letras libres, en torno a la puesta en escena de la obra La edad de la ciruela, que se ofrecía al público madrileño:


“En general, como sucede a muchos profesionales, tengo mis reservas cuando voy al teatro; sufro todo lo que en mi opinión está desaprovechado o mal dicho o mal entendido, mal movido o mal iluminado, de modo que cuando algo me entusiasma mi júbilo se multiplica; quiere decir que la experiencia me ha renovado el gusto por el teatro y la capacidad de compromiso estético con ese raro asunto que es la credibilidad en lo que está ocurriendo en escena. Y eso precisamente me ocurrió con La edad de la ciruela, del argentino Arístides Vargas, representada por dos actrices mexicanas que viven en Madrid y dirigidas por un joven director ecuatoriano, Santiago Roldós, que hizo sus estudios de teatro en México.



Se trata de una obra sobre el intercambio epistolar de dos hermanas en el momento dramático en el que una le cuenta a la otra los últimos instantes de la madre moribunda. Mas en la comunicación van surgiendo situaciones en las que recuerdan pasajes de su niñez y de otras etapas de sus vidas y de su parentela, curiosamente sólo femenina, con lo que se forman las escenas a las que entre las dos van dando vida. El texto de la obra es de una enorme riqueza poética alentada por la profundidad en la percepción del sentimiento femenino; un ejercicio dramático astuto que entrevera con soltura la información y el lirismo, de modo que la acción que hace avanzar la obra fluye con belleza e interés constantes.

…se trata de teatro moderno de gran calidad, cosa que no siempre se encuentra; una obra en la que, en lo personal, me sentí comprometido como debe comprometer el arte: lo mismo solté la carcajada que se me hizo un nudo en la garganta y se me escurrió una lágrima; movió buena parte de mi propia gama sentimental, logró el milagro de abolir el tiempo y, en resumen, me hizo gritar bravo al final; cosa que hago poquísimas veces”.



Pareciera que el desaparecido escritor, actor, director y crítico, hubiese adelantado su texto doce años al afortunado montaje de Gallardo que da sus últimas funciones en el foro la Gruta.

Arístides Vargas nació en Córdoba, Argentina y vivió desde muy niño en Mendoza. Trabajó en algunos de los grupos de teatro locales y estudió teatro en la Universidad de Cuyo. En 1975 se exilia debido al golpe militar, hecho que marcará su obra dramatúrgica.

Ha dirigido importantes grupos y compañías latinoamericanas entre las que destacan la Compañía Nacional de Teatro de Costa Rica, el grupo Justo Rufino Garay de Nicaragua, el grupo Taller del Sótano de México, la compañía Ire de Puerto Rico, etc. Es fundador de uno de los colectivos más prestigiosos de América Latina: el grupo Malayerba de Ecuador.

Es autor, entre otras, de las obras: Jardín de Pulpos, Pluma, La edad de la ciruela, Donde el viento hace buñuelos y Nuestra Señora de las Nubes.

La temática de su dramaturgia gira en torno a la memoria, el desarraigo, la marginalidad. La suya es una escritura poética no carente de humor pero también de cierta amargura y, pese a esta última, de la inocencia suficiente para creer que el mundo puede ser cambiado. Asimismo, su escritura tiene la crueldad de negarse esa esperanza y caer, por momentos, en la desesperación total.

En su dramaturgia no se habla sobre lo evidente del exilio, se habla de las personas que están fuera de sí, personas que llevan como único equipaje el recuerdo, y una buena dosis de imaginación para inventar ese pasado y así, en sus recuerdos borrosos y directos, muchas veces, aparecen hechos, anécdotas de un pueblo, que como cualquier otro, pasa de lo ridículo y pintoresco hasta lo más terrible y perverso. Desfilan personajes que nos traen a la memoria los arquetipos de una comunidad propia de nuestra forma cultural de vida. Historias que dejan filtrar su parte gruesa y profunda: el imperio de los opresores que pretenden aplastar al que se rebela. La sombra de las dictaduras y la censura. La inocencia burlada. La locura y la cordura vistas desde lo social. Lo pintoresco de anécdotas amorosas. La tiranía y el desorden. Entre recuerdos se va construyendo un nuevo territorio que permite refundar una nueva vida en algún lugar desconocido al que habrá que inventar, para seguir creyendo y paradójicamente, quizás, en algún otro tiempo, añorar y recordar.



La Edad de la Ciruela con dolores y alegrías, con esperanzas y frustraciones, nos cuenta de un tiempo que fue, de un tiempo muy parecido a otros que nos han pertenecido, o al cual hemos pertenecido y que permanecen guardados en nuestra memoria.

Ver La edad de la ciruela es como volver a un lugar entrañable. Y también es como mirar por el retrovisor y caer en cuenta de que todo ha cambiado.

La edad de la ciruela convoca más a la ternura que al despertar de una conciencia de lo femenino. Una obra que se puede disfrutar más y pensar menos y gozar todas  esas inteligentes frases que Vargas supo poner en boca de las 9 mujeres que pueblan La edad de la ciruela.

Una delicia el reencuentro con las abuelas María y Gumersinda y su amor/odio de toda la vida; sus largas charlas/reclamos acerca de la relación de cada una con Alfonsito el tímido. Blanquita, la criada gruñona de la familia, que cuestiona el status quo. La sonámbula Victoria y la habilidosa Jacinta. El público se conecta inmediatamente con las actrices y con la trama.

La memoria es todo lo que queda de esa casa de “mujeres tristes, ridículas y solas”, que a veces da la sensación de oler a ciruelo en flor, y otras a vino de ciruela avinagrado. Todas tan distintas, sin embargo coinciden en algo: la necesidad de abandonar ese lugar donde han sido felices e infelices. Una cita con 9 mujeres que son como de la familia: las hermanas Eleonora y Celina, su madre Francisca, sus tías Jacinta y Victoria, su abuela María, sus tías abuelas Adriática y Gumersinda y la criada Blanquita.

La edad de la ciruela es un juego sobre el tiempo y la edad, una tragicomedia que deambula por los borrosos límites de la soledad y la ridiculez. Pero fundamentalmente es una representación de la memoria, una tensión entre el presente y el pasado. En La edad de la ciruela hay mujeres pájaros que no vuelan, madres árboles que dan frutos que se pudren, hermanas del alma que se aman con rabia y ratas que hablan.

Eleonora escribe a su hermana, Celina, porque su mamá está a punto de morir. A partir de ese acto, que quizás nunca se lleva a cabo, se desencadena la acción principal de la obra: recordar. La memoria es el campo de batalla de estas dos hermanas distanciadas en el presente: cada carta es el preámbulo de un nuevo recuerdo, y cada recuerdo cierra una herida y abre otra.

La Edad de la Ciruela es un viaje al pasado, visto a través de los ojos de dos hermanas cuando niñas, cuando adultas. Entre olor a ciruelas y melodías rancias, se abren las puertas para espiar a todas las mujeres que poblaron su infancia, develando los viajes que cada una de ellas alojaba en su interior.



El texto es un viaje a esa patria irrecuperable que es la infancia, en donde las ciruelas crecen, maduran se arrugan y se desvanecen como los efectos y presencias de todas las mujeres de esta particular casa.

La Edad de la Ciruela es una historia de amores, rencores, olvidos, recuerdos trastocados y felicidades sencillas, llena del realismo mágico que envuelve nuestro entorno latinoamericano. ¿A qué edad se extravían los sueños y las ilusiones? ¿A qué edad se pierde el miedo a la oscuridad, a las ratas o a las arañas? ¿A qué edad habría que fugarse del hogar? ¿A qué edad se puede decir “La vejez, divino tesoro”? ¿Qué edad debe tener la ciruela para ser vino y no vinagre?



Reconstruir una genealogía a través del recuerdo, a partir de la necesidad imperiosa de rescatar las raíces, de responder a las grandes interrogantes de la existencia, eso es La Edad de la Ciruela que, como se mencionó, constituye el acertadísimo debut de la talentosa actriz Aleyda Gallardo, quien apuesta por un montaje minimalista dando el peso de la representación a la actuación, saliendo totalmente airosas de la aventura sus dos actrices: Gabriela Carmona y Sandra Galeano, apoya a la brillante interpretación la música, creada para la puesta en escena, por Carlo Ayhllón y las atmósferas, diseñadas por la iluminadora Martha Benítez y los escenógrafos Zayra Escobar y David Sefami.

Las obras escritas por Arístides Vargas tienen un alto componente humano, nostálgico, profundo. Personajes que se encuentran fuera de su país, obligados a salir de allí por razones políticas. Se dedican a imaginarlo, reinventarlo y añorarlo intentando traerlo a sus vidas nuevamente. ¿Qué otra cosa sino finalmente terminan siendo los recuerdos? No son fieles retratos del pasado, sino lo que decidimos quedarnos de él, como diría Ignacio Cano “los recuerdos son mentiras que inundan la razón”.

El teatro es de todos. ¡Asista!

Absolutamente recomendable

La edad de la ciruela. De: Arístides Vargas.

Dirección: Aleyda Gallardo.

Actuación: Gabriela Carmona y Sandra Galeano.

Foro La Gruta. Centro Cultural Helénico. Av. Revolución no.1500, colonia Guadalupe Inn, Metro Barranca del muerto, Metrobus Altavista

Funciones: Miércoles 8:30pm. Hasta el 11 de julio

Localidades: $150 general y $100 estudiantes, maestros e INAPAM






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