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lunes, 15 de octubre de 2012

Entrevista: Humberto Padgett, coautor de Los muchachos perdidos



Por Salvador Perches Galván

Durante los últimos años Humberto Padgett y Eduardo Loza visitaron las correccionales para menores con el objeto de elaborar el proyecto editorial Los muchachos perdidos, retratos e historias de una generación entregada al crimen. Este trabajo originalmente destinado para un reportaje para la revista emeequis, inició con la entrada a esos centros de atención, para su publicación.

En una segunda visita conocieron a El pequeño, que a sus 16 años, cargaba con más cadáveres, 18, que edad. Fue cuando se dieron cuenta de que este trabajo daba para mucho más, y así nació y creció la idea del proyecto que culminó en un libro.
Arrinconados por la miseria y la marginación, o porque simplemente son “malos”, decidieron que el futuro estaba muy lejos e incierto y decidieron tomar por asalto, arrebatar lo que consideraban suyo. Varios de ellos poseen a sus 15 o 17 años de edad un record delictivo impresionante, de grandes ligas: decenas de ejecuciones, secuestros, robos. Esta es su historia, contada por ellos mismos. Son los muchachos perdidos.

Platicamos en exclusiva para México Legendario con Humberto Padgett, periodista por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Quien fue reportero del diario Reforma y es parte del equipo del semanario emeequis, ha publicado los libros Jauría, en torno al secuestro e Historias mexicanas de mujeres asesinas, que no requiere presentación. Recibió en 2007 el segundo Premio Nacional de Reportaje de Biodiversidad, así como el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez por la crónica El Evangelio según Santa Martha. Con Dalia Martínez, recibieron el premio Rey de España por el reportaje La republica marihuanera. Esta es la conversación:




Salvador Perches Galván. ¿Qué te lleva a realizar esta investigación?

Humberto Padget. Hace algunos años entramos a la Cárcel de Santa Martha Acatitla para adultos para ver la religiosidad de los reos en un espacio en donde conviven distintas religiones por las personas que, bajo la convención moral tendrían que estar opuestas al propósito de las mismas religiones pero que la viven de manera profunda. Luego fuimos a ver la manera en que el arte podría crear algún sentido de reivindicación entre los chavos y así es como empezamos a ir a las correccionales. Junto con eso se empezaron a acentuar algunos fenómenos sociales, el primero tiene que ver con la pauperización del trabajo formal, la depresión de la calidad educativa y la disponibilidad para los chavos de llegar a esta, la potencialización del consumo como medida del éxito y finalmente la emersión del crimen organizado que encuentra que estos chavos pueden ser un escuadrón, un grupo de reclutamiento básicamente infinito en función de las deficiencias y las expectativas que se les crea a estos muchachos.

S. P. G. Un escuadrón absolutamente desechable.

H. P. Si, es en una situación en que si se quiere o de pretende dividir el mundo en el simplismo de lo legal o lo ilegal está completamente claro que los defrauda tanto el sistema legal como el sistema ilegal. Este es un país en el que es tan improbable ser Carlos Slim como ser el Chapo Guzmán, que es el principal referente de estos muchachos, que están en el extremo del extremo con respecto a su idea del éxito, ser el que más corrompe, el que más mata, el que más intimida, el que más dinero tiene, el que tiene más fama, el que puede tener las mejores mujeres, las Hummers, el Buchanan’s, todos estos símbolos que también operan de manera importante en estos chavos. Muchos de ellos harán su vida desde muy al inicio de esta, en prisiones, no me cabe duda que varios de ellos, una vez que salgan de las correccionales para menores de edad, una vez cumplida su mayoría de edad, llegarán a cárceles para adultos, algunos de ellos morirán a manos de otro chavo, morirán por consecuencia del abuso de las drogas o por la venta de estas. 

S. P. G. Panorama muy desalentador para la juventud mexicana, pero, antes de seguir, Humberto, te estás volviendo visitante frecuente de las cárceles mexicanas, ya también lo habías hecho con las mujeres asesinas.

H. P. Me parece que en esta ciudad que hay 40 mil personas internas, 40 mil reos, en el país hay entre 200 y 250 mil, hay igual número de historias, yo creo que ahí coinciden lo que de manera más profunda y contradictoria nos hace humanos, hay cosas interesantes que contar en un mundo en el que la mayoría de la prensa ha desaprovechado la gran oportunidad de contar como son las personas, cuáles son sus expectativas, miedos, traiciones a sí mismos. Ahí están de manera más tangible la convivencia entre las ideas de la vida y la muerte, la lealtad y la traición, la reivindicación y la defenestración, creo que en buena parte es lo que decía aquel sociólogo de que, para entender una sociedad hay que ver cómo están sus cárceles y las cárceles reflejan, caricaturizan en el sentido de que exageran los rasgos más prominentes de la sociedad.




S. P. G. Los muchachos perdidos ofrece, además de mucha información y conocer historias terribles, la oportunidad de reflexionar en que hemos fallado como sociedad y con un sector tan importante y vulnerable como la niñez y la juventud.

H. P. Si, ese es también otro gran pendiente del periodismo en general, que no solo pierde en términos narrativos sino pierde en términos de profundidad en la investigación y en los abordajes que se hacen. Hay una producción abundante de libros sobre narcotráfico pero reproducen, básicamente el mecanismo informativo de las autoridades, no es un mundo en el que hay buenos, en el que hay malos y parece ser que esta es una lucha que existe en un lugar fuera de este planeta. El propósito de este libro era decir, si, son unos hijos de la chingada, pero lo somos también nosotros, creo que hay un muchacho que lo establece en una metáfora tatuada en su espalda en que de un lado es el ala de un ángel y del otro es la de un demonio y esa figura funciona bien para entender a estos muchachos que todavía son niños y hacen lo peor que podría hacerse como adultos, pero a la vez con la ingenuidad y el poco entendimiento social y de las implicaciones que tienen sus actos…

S. P. G. …el ejemplo aquí tiene mucho que ver…

H. P. …si, pero es un colectivo que poco entiende de los ejemplos, es decir, si la pretensión es construir sociedades que se guíen por el ejemplo de próceres y héroes, estos muchachos no saben quiénes son, sí la idea es de que las figuras políticas sean los ejemplos a seguir, pues estos chavos no conocen sus nombres, no saben quién es Andrés Manuel López Obrador o Enrique Peña Nieto, Josefina Vázquez Mota, ellos quieren ser el Chapo, si algo entienden de la política es de que ahí es donde está una especie de nicho inalcanzable en donde se puede delinquir con absoluta impunidad . No entienden mas allá de eso, es decir, existe una exigencia para que se comporten de una manera cuando no existen los referentes claros en lo simbólico y no existen la condiciones de ascenso social en lo económico, es una generación en ese sentido, perdida. Nosotros aludimos a esta perdición no en la perspectiva moral, sino en la más cabrona, en la social. Estos chavos no se van a incorporar al mercado formal, difícilmente bajo la ruta económica y cualquier cambio ya no los beneficiará de manera real y estos chavos van a, eventualmente, ser unos viejos sin acceso a servicios de salud de calidad, sin un sistema de retiro. Habremos perdido, en términos demográficos, la gran oportunidad de tener una fuerza laboral pensante sin precedentes y que no se repetirá al mismo tiempo, eso es lo que estamos perdiendo.

S. P. G. Un ejemplo que si tienen es el de la cotidianidad de sus barrios, alguno dice: todo el mundo roba, se roban el agua, se roban la luz. La mayoría fueron niños brutalmente golpeados, muchos, hijos de madres solteras que se prostituían por una línea de coca. Algunos que tuvieron padre, conocieron tempranamente las cárceles yendo a visitar a su progenitor. Ese es su entorno y no tienen concepto de delito porque para ellos es su forma de vida...

H. P. … es trabajar. No salen de sus casas con la bendición de sus madres diciendo que van a robar un microbús, salen diciendo que van a trabajar y la mamá los bendice con conocimiento de lo que están haciendo y aquí no hay una sentencia ética siquiera, no, es como funciona y es como lo entienden y como el delito es un elemento incorporado desde los genes como dices tú, aquí lo digo de manera simbólica, desde el inicio de sus vidas. Lo que es cierto con estos chavos, es de que a diferencia con las personas que delinquieron, que los precedieron en los barrios populares, el ejercicio de la violencia se ha convertido en el principal activo de la actividad, no es el asunto de que simplemente despojan, tienen más acceso a las armas, tienen menos dudas en utilizarlas y comprenden los mecanismos de intimidación que esa práctica violenta les otorga. 

S. P. G. Tu investigación es profunda, porque, además de las muchas entrevistas con los chavos platicas con sociólogos, con psicólogos, con anatomistas, quienes afirman que si tienen disfunciones cerebrales por malformación. ¿Qué tan complicado fue que estos chavos accedieran y se abrieran contigo y también sortear los obstáculos oficiales, porque reproduces absurdas declaraciones de funcionarios de alto nivel, como las del extinto Alonso Lujambio, Secretario de Educación en turno.

H. P. Los chavos fueron todos participativos, más de lo que esperábamos Eduardo Loza  y yo, fue un asunto de inmediata empatía, son chavos que, como todos, son experimentales, son desmadrosos es parte inherente a esto, a su condición de jóvenes, son vanidosos, son hedonistas, quieren ver proyectada su existencia en algo que esté más allá de ellos, entonces participan sin ningún problema. Tal vez no lo articulan de esa manera pero lo viven y son chavos que han vivido bastante. El acuerdo con ellos fue hacer las entrevistas en que me platicaran lo que sean, sienten, piensan, sin que me mintieran, a cambio de que yo no los juzgaría y esto fue un elemento que yo creo que resultó importante, porque son tratados con desprecio o condescendencia, claves por las que pierden las políticas públicas dirigidas a los chavos. Entonces ellos contaron, el acuerdo es de que no exageraran, que no mintieran, en algunos casos en los que había una carrera delictiva que se salía, incluso en este lugar, de los márgenes, un chavo con 18 asesinatos a los 16 años, otro con 9 homicidios, buscamos los expedientes y vimos si no teníamos enfrente un mitómano.

En ese sentido los chavos aceptaron, fue más complicado el asunto de llegar a ellos, son cárceles. Nos encontramos con autoridades que asumieron que no iban a tener ganancia política de esto, sino que era correcto hacerlo, no era necesario decir “les está pasando esto a nuestros chavos, los tenemos super excitados y luego los tenemos hiper contenidos” es una situación esquizofrenizante. Fue una experiencia, yo creo que también para Lalo, de mucho aprendizaje.



S. P. G. ¿Hubo alguna censura por parte de los chavos tanto en la parte gráfica como de texto para la publicación del libro?

H. P. No censura, pero en su condición de menores de edad o que fueron juzgados como menores de edad, porque se reproducen estereotipos, convenimos que se usaran pseudónimos y que en la parte gráfica se cubrieran sus rostros.

S. P. G. Después de varias investigaciones en torno al sistema penitenciario, ¿qué piensas de él?, tú has tenido esta experiencia y es muy complejo juzgar, sin duda la mayoría son victimarios, pero muchos de ellos han sido víctimas, quien sabe que tantos inocentes haya. El caso de Sergio es terrible, que, si bien cometió un asesinato, en su primer contacto con las drogas le piso la cola al diablo.

H. P. Las cárceles, en general, reproducen los sistemas delictivos de una sociedad, reivindican esa forma de vida como válida, crean, mas allá de la frase común de que las cárceles son universidades del crimen, expanden y profundizan las capacidades de poder delinquir. La idea de la reinserción social es fallida en tanto que al menos estos chavos saliendo, no van a ir a vivir a un lugar con las posibilidades que les da Suiza, o que les da Japón, o que les da Noruega, no, van a salir al mismo barrio y es el barrio en el que sigue faltando educación y siguen faltando servicios públicos y sigue faltando trabajo formal y sigue faltando un gobierno en verdad honesto, y sigue faltando esto y aquello. Regresan a una condición en la que el barrio los reclama y los recuerda justo lo que eran antes de salir de ahí.

S. P. G. En el caso de Los muchachos perdidos si está muy focalizada una zona de alto riesgo, que es como una célula cancerosa, que es Iztapalapa, de donde provienen la mayor cantidad de casos que se narran en el libro, ¿por qué las autoridades no hacen nada por tomar medidas preventivas, por poner atención a barrios ya detectados con altos índices de violencia y criminalidad?
H. P. Porque requiere dinero y la dinámica electoral en esa región no necesita de tanto, los programas sociales, aunque sean en realidad de poco alcance, en el caso de estos chavos son suficientes para que mecánicamente la gente siga votando en el mismo sentido, no tenemos una cultura política que reclame a las autoridades que den lo que deben dar. Es un asunto que rebasa las capacidades de gobiernos locales. 

Este trabajo si esta hecho sobre Iztapalapa, sobre el Distrito Federal y la ciudad de México pero es lo que nosotros asumimos como un retrato de la condición nacional de estos chavos, los 8 millones de chavos que no pueden entrar a la escuela, que no pueden entrar a un trabajo, no son chavos que estén en la ciudad de México, también son la mitad de personas que tienen menos de 30 años y que ya están en las cárceles de todo el país o que han sido asesinadas por decenas de miles en lo que va de este sexenio. Es un problema que no tiene que ver con “El hoyo”, ahora, veamos por qué “El hoyo” existe, también porque ahí ha ocurrido esta falta de oportunidades desde hace generaciones.



S. P. G. ¿Es casual que toda esta gente se junte y haga de lo ilegal una forma de vida, como un hecho tan simple y común como los diablitos para colgarse de la luz, y conviertan la zona en hoyo negro?
H. P. Es lo visible, lo que menos nos gusta de nosotros, además es lo que se vuelve más tangible, ahí se cuelgan de la luz, pero al otro lado de la ciudad se dejan de pagar impuestos. Si, tenemos al “Pequeño”, pero Humberto Moreira jamás va a tocar la cárcel, es un país en el que se puede ir a prisión por más de tres años por robar un six de cervezas, pero puedes seguir siendo diputado-senador, diputado-senador después de haberte robado mil millones de pesos de Pemex, es decir, esta es una condición, la impunidad es uno de los medios que lo favorecen, si volteamos a ver a esas sociedades que ya comenté, como Suiza, Noruega, Japón, lo que tienen en común es que son economías con una distribución de la riqueza mucho más equitativa, porque el problema lo tenemos México, Brasil, China, Colombia y Rusia, porque son países que tienen clases ricas muy ricas y muy reducidas, ahí está la clave del problema, es decir, es un asunto social y yo no creo que haya un solo átomo en Genaro García Luna que tenga el más mínimo criterio de que el problema es así. Esta es una situación en la que hay beneficiarios en la parte ilegal y también en la legal, si se quiere partir el mundo en esos dos principios, hay grandes ganadores políticos y económicos que la situación social esté así de deteriorada.

S. P. G. Probablemente suene “romántico”, pero el libro ejemplifica otro tipo de programas de reinserción, a través del teatro, en el que, incluso estuvo involucrado Daniel Giménez Cacho y que le cambio la vida, por ejemplo, al único chavo del que conocemos su rostro, que es “El ligas”, porque, lamentablemente, ya no está, creo que los Faros que ha establecido la Secretaría de Cultura del Gobierno del D. F. son otra buena opción de programas para, aunque sea, reducir los índices de violencia y criminalidad, ¿qué piensas al respecto?

H. P. Si, si, si, la cultura es, en principio la entrada a una dimensión desconocida de estos chavos que habían entendido que la reiteración de la violencia era la única posibilidad de entender el mundo. Hay en la industria del espectáculo y en las políticas públicas dirigidas a estos chavos, que igualmente son insulsas, la idea de que permanentes adolescentes intelectuales, no es así, si quieren conocer, si quieren experimentar, si se involucran, encuentran ahí, a final de cuentas las posibilidades de verse a sí mismos. Ese es el principio de la cultura y creo que los chavos que han tenido acercamientos más tangibles y que los involucre de manera más exigente, como escribir, pintar, actuar una obra de teatro, son chavos que tienen mejores posibilidades. “El Ligas” era un chavo que tenía una serie de talentos que eran entendidos en el sentido legal convencional más negativos, era un líder nato para amotinar a los chavos; era increíblemente hábil para pelear; pero también, luego vimos, era un chavo talentoso para pintar, para actuar, y el chavo se mató, como cumpliendo esta situación en que los malditos están predestinados a morir aunque hagan algo por dejar de ser eso, dejar de ser malditos. Sí, claro, pero, ¿qué se les acerca?, este es un país que dedica una ínfima parte de su presupuesto a esas posibilidades.

S. P. G. Se afirma que después de visitar un psiquiátrico o la cárcel cambia la percepción de la vida. ¿Qué te han dejado todas estas experiencias al interior de las cárceles?.

H. P. Que nos seguimos moviendo, en términos generales, bajo una conciencia conveniente e hipócrita sobre lo que somos y lo que no queremos ser, estas personas representan eso pero de manera muy clara lo que también somos, que vamos por la vida con la comodidad de participar de situaciones extendidamente ilegales y admitirlas como tal, pero que necesitamos chivos expiatorios que vayan al sacrificio para pagar los pecados que socialmente cometemos. Seguimos siendo una sociedad poco comprometida con estos chavos, y como dije al inicio, vale la pena ver cómo son, y cómo se vive en las cárceles porque es una posibilidad de entender bastante claramente cómo es que funciona o disfunciona nuestro país, nuestra sociedad.

S. P. G. ¿Ves alguna posibilidad de ir solucionando estos problemas?

H. P. Se tienen que articular las posibilidades de la educación como un mecanismo de movilidad social, mejorar las condiciones de empleo, redistribuir la riqueza, castigar la corrupción, la alta corrupción de funcionarios públicos y de empresarios. Yo creo que, en tanto estas condiciones no ocurran se va a extender y se va a profundizar el problema como es la perspectiva que ocurra ahora con el crimen organizado que lo vemos con estos chavos que antes de los 18 años adquieren especialización, pero en función de eso hay quienes encuentran que el robo de autos para nutrir al narcotráfico es lo que mejor les funciona, que están haciendo secuestro, que están haciendo venta de drogas. El problema del narcotráfico ha dejado de ser solo de drogas, se ha extendido hacía otras esferas y vemos a chavos extorsionando, o vendiendo piratería, o vendiendo contrabando. 
Hay historias que ya no cupieron, pero había una que mencionaba el asunto de tráfico humano, esto ya no ocurre solo en los estados que eran, que podrían ser definidos de manera más clara por la presencia del narcotráfico, como Sinaloa o Tamaulipas o Chihuahua, ahora el asunto está ocurriendo en Veracruz, en Guerrero, en Michoacán, está ocurriendo incluso en Yucatán, en donde era impensable, es mas ubicuo como empresa y es mas único en términos geográficos.

S. P. G. Has realizado investigaciones que, sin duda, podríamos considerar de riesgo ¿es la adrenalina que exige tu cuerpo el hacer estos trabajos?

H. P. No, es que también hay posibilidad de contar, siempre hay un lado B que explica que un campesino sí ponga en riesgo su vida, su libertad y la de su familia por unos cuantos miles de pesos Regresamos a la misma situación, hay una serie de factores que no nos están diciendo los boletines de prensa de las procuradurías, de las policías, no dicen “estamos teniendo esta situación” porque tenemos comunidades en que, por generaciones y generaciones no ha habido médicos, no ha habido caminos, no ha habido posibilidades de que sea rentable la producción de maíz y frijol. 
Ese es el fin de la historia, no estar en una situación de riesgo, siempre trabajo en situaciones en que esto se reduce al máximo, en que se hace el abordaje con honestidad con las personas.

S. P. G. En este caso haces citas de funcionarios en un momento en el que el periodismo comprometido, como es el que tú haces, es el que está más expuesto y vulnerable, estás consciente del riesgo que implica el ser “incomodo” a ciertos funcionarios, empresarios o líderes del crimen organizado.

H. P. Sí, pero lo digo con toda honestidad, los periodistas que son honestos, no creo que todos los periodistas lo sean, no creo que todos los periodistas asesinados en México lo hayan sido como consecuencia de su compromiso con la verdad, de sus lectores, de su comunidad. Los que si son en todos estos sentidos, congruentes, los verdaderos periodistas valientes en este país no somos quienes trabajamos en la ciudad de México, son los periodistas que viven con sus familias en Juárez, en Piedras Negras, en Reynosa, ahora en Veracruz, en Acapulco, creo que esa es la diferencia, son periodistas que ganan poco dinero, que no son actualizados, que trabajan para empresas que pueden tener como interés verdadero, único, el hacer contratos publicitarios con los gobiernos que a su vez están coludidos con el crimen organizado, creo que ello son los periodistas que, sin el oropel de los premios, sin la fastuosidad de presentaciones, creo que ellos son los periodistas más interesantes.



S. P. G. ¿Qué sigue a Los muchachos perdidos?
H. P. Hay un par de proyectos que relacionan pobreza y crimen nuevamente. Tristemente México es un gran país para hacer periodismo de denuncia.

Tatiana Maillard, escribe en emeequis: 
Una noche, hace casi más de un año, Humberto Padgett callaba, después de haber pasado el día en el correccional de menores de San Fernando. En la tarde, El M, uno de los (muy) jóvenes internos de San Fernando, había narrado a Padgett cómo mató a un pequeño de cinco años que había secuestrado, al inyectarle ácido de batería en el corazón. La historia de El M se entrelaza con la de cientos de muchachos que pagan condena en San Fernando por delitos que perpetraron siendo menores de edad y que van desde el robo de un celular hasta el homicidio calificado. El M, al igual que El Banda, El Pequeño, El Kiko y El Sayayín, son Los muchachos perdidos, jóvenes que eran casi niños cuando decidieron que sería el crimen, lo que los elevaría hasta alcanzar sus sueños: dinero, lujo, respeto y una vida mejor a la que les podían ofrecer sus padres.

El reportaje que retrata la vida de estos chicos desde su encierro fue complementado por el trabajo fotográfico de Eduardo Loza y publicado originalmente en la edición 249 del semanario emeequis, a principios de marzo de 2011. Casi un año después, la editorial Debate lanzó a la venta un libro que condensa más de dos años de investigación en las entrañas de las correccionales del DF. 

La realidad, demasiado compleja, es desmenuzada por Padgett y Loza a través de los testimonios de estos jóvenes, sus familias, documentos de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal y autoridades que brindan apoyo psicológico y realizan actividades culturales en busca de reinsertar a los internos en una sociedad que, así suene a lugar común, tiene su parte de responsabilidad en el devenir de esas vidas.

¿A qué le teme un muchacho al que no le tiembla la mano para asesinar? ¿Conoce el arrepentimiento? ¿Por qué un funcionario público se atreve a decir que no es la pobreza, sino la decisión moral, la que lleva a un niño a delinquir? Son preguntas que se plantean en el libro y las respuestas no son alentadoras. 

Un país de 52 millones de pobres, que no ofrece alternativas a miles de jóvenes que ni estudian ni trabajan, donde el narcotráfico y el crimen organizado se idealizan como los medios para escalar social y económicamente, es el escenario donde Los muchachos perdidos han trazado sus pasos”. 

Libro que, aunque muy doloroso, por la triste y muy lamentable realidad que retrata, es de lectura obligada
Los muchachos perdidos. Retratos e historias de una generación entregada al crimen.
Eduardo Loza / Humberto Padgett
Editorial Debate. México, 2012, 140 pp.

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