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viernes, 11 de enero de 2013

TOMAR PARTIDO, de Ronald Harwood


¿Cómo me habría comportado yo en una situación así?

Texto y fotos: Salvador Perches Galván.


“Yo sabía que Alemania se encontraba en una terrible crisis; me sentía responsable por la música alemana y mi misión consistía en sobrevivir a esta crisis del modo en que se pudiera. La preocupación de que mi arte fuera mal usado como propaganda del partido nazi ha de ceder a la gran preocupación de que la música alemana debía ser preservada, de que la música debía ser ofrecida al pueblo alemán por sus propios músicos. Este público, compatriota de Bach y Beethoven, de Mozart y Schubert, aún teniendo que vivir bajo el control de un régimen obsesionado con la guerra total... Posiblemente, nadie que no haya vivido aquí en aquellos días pueda juzgar cómo eran las cosas.”

Wilhelm Furtwängler


Berlín, 1946, una ciudad destruida, la quintaesencia del fracaso, la consecuencia de la guerra. Destrucción, desorientación, muerte; fin de una etapa. Construida sobre escombros, Tomar partido intenta reflexionar sobre la reconstrucción moral de la humanidad, la búsqueda de nuevos valores.

Asistimos a los vericuetos y averiguaciones preparatorias para el juicio que llevará a cabo la Comisión Antinazi para los Artistas. El comandante Steve Arnold, inspector de seguros, recibe el encargo de investigar las implicaciones del director de Orquesta Wilheim Furtwängler en la Alemania nazi de 1933 a 1945; para lo cual, reúne información e interroga a diversos testigos de su vida.




El espectador se ve sumido en un juicio donde es parte y testigo, de hecho no se le da una solución, se le sitúa en la misma posición que los personajes: ¿Es necesario tomar partido?. ¿Qué debería haber hecho Fürwangler? ¿Debió quedarse, como hizo, o simplemente debió huir para no colaborar con aquel régimen?.

Tomar partido se constituye como un debate sobre Arte y Política, sobre el hombre y el artista, sobre las miserias y las grandezas del ser humano.

La obra desafía al espectador por la búsqueda de la verdad ante dos actitudes, dos maneras de enfrentarse a una realidad. La más común se encarna en Arnold, personaje mostrado como un ser vulgar, agresivo, irritante, mal educado pero persistente en la búsqueda de esa semilla capaz de dar cimiento a una sociedad, la verdad, la responsabilidad y la justicia.



Y, del otro lado, la seductora fascinación por la belleza musical de un intérprete, director de orquesta genial y compositor, Wilheim Furtwängler, capaz de revelar la grandeza de la música.

Entre ellos, las contradicciones de otros personajes que de una u otra manera fueron envueltos por los acontecimientos y formado parte de los mismos. Unos como Tamara Sachs o Helmut Rode, sobrevivientes, admiradores del maestro pero a su vez recelosos de las ventajas que atesoraba. Otros, educados y sensibles, como Emmi Straube y el Teniente David Wills, que, por una parte, apoyan agradecidos al creador por haberles salvado del horror descubriéndoles la emoción de la música y, por otra, no pueden evitar las dudas de su comportamiento por su carácter de víctimas.



Basada en hechos históricos, en un marco concreto se plantea un debate universal: ¿Es posible aislar al arte de la política? ¿Se puede hacer un arte apolítico? ¿El artista está por encima de los aconteceres políticos o por el contrario se ve envuelto en ellos?

En el ritual habitual del teatro el público obtiene una respuesta que le libera de tomar partido. Como en el mejor teatro griego, aquí sucede lo contrario: las dos posiciones tienen un gran sentido moral pero están totalmente contrapuestas e implica a la sociedad para que examine su propia actitud respecto a cómo afronta moral y socialmente su propia historia.

Hoy ¿tomamos posición y defendemos valores que regeneran la vida? o sencillamente ¿participamos en la degradación ética hasta lavar la cara de un sistema injusto que cada cierto tiempo cobra sacrificios humanos para regenerarse?. ¿Acaso la música no contiene la expresión de un sentimiento, la pasión de una idea, la energía nacionalista de un pueblo, la religiosidad de un alma?, ¿Hasta qué punto el Arte salva y regenera? ¿Qué vale más, la creación de una sinfonía o el sacrificio de vidas humanas? Interrogantes cuyas respuestas quedan a disposición del espectador.




¿Acaso Thomas Mann realmente cree que en la Alemania de Himmler a uno no le debería ser permitido tocar a Beethoven? Quizás no lo haya notado, pues la gente lo necesitaba más que nunca; nunca antes nadie anhelaba tanto escuchar a Beethoven y su mensaje de libertad y amor humano como] estos alemanes, que vivieron bajo el terror de Himmler.

No me pesa haberme quedado con ellos.

Wilhelm Furtwängler


Ronald Harwood, de ascendencia polaca y hebrea, nació en Cape Town, Sudáfrica, en 1934. En 1951 se trasladó a Inglaterra, donde estudió en la Royal Academy of Dramatic Art. Trabajó como actor profesional durante siete años y comenzó a escribir en 1960. Desde entonces ha escrito numerosas obras de teatro, entre las que destaca The pianist, El pianista, llevada al cine por Roman Polanski, también escribió el guión de cine de su obra, gran éxito en el West End y de Broadway, The Dresser (La sombra del actor) que recibió cinco nominaciones a los premios de la Academia, una de ellas por el mejor guión cinematográfico. Sus colaboraciones también se extienden a televisión por ejemplo Mandela o El mundo es un escenario.

Tomar Partido se estrenó en Londres en 1995 bajo la dirección de Harold Pinter y en Nueva York en Octubre de 1996.


Wilhelm Furtwängler: (Berlín, 1886- Baden-Baden, Alemania, 1954) Director de orquesta y compositor alemán. Exponente de una manera subjetiva e hiper expresiva de entender la interpretación orquestal, fue uno de los directores que mejor supo expresar la grandeza épica y la emoción interiorizada de las grandes páginas del repertorio romántico y tardorromántico germano, de los que fue un maestro indiscutible. Sus versiones de Beethoven, Wagner, Bruckner o Richard Strauss, muchas de ellas preservadas por el disco, superan el estadio de recreación para convertirse en verdaderas creaciones.




Hijo de un reputado arqueólogo, Furtwängler se formó en su ciudad natal. Después de transitar por diversos teatros de ópera de segunda, en 1920 sucedió a Richard Strauss al frente de los conciertos sinfónicos de la Ópera de Berlín. Dos años más tarde hizo lo propio con Arthur Nikisch en la Gewandhaus de Leipzig y la Filarmónica de Berlín. Su asociación con esta última formación llegaría a ser mítica y se mantuvo intacta hasta la muerte del director, con una única y breve interrupción después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Furtwängler, acusado de colaboracionismo con el régimen Hitleriano, fue sometido a un proceso de desnazificación durante el cual fueron prohibidas sus actuaciones. Su relación con el nazismo es uno de los puntos más controvertidos de su biografía, ya que permaneció y trabajó durante ese período en Alemania, pero ha de reconocerse que en más de una ocasión se enfrentó a los jerarcas nacionalsocialistas para defender obras y compositores condenados por el III Reich.

La historia del maestro Wilhelm Furtwängler, una de las mejores batutas de su tiempo, adversario acérrimo de Herbert von Karajan y perpetuo sospechoso de colaboración con los nazis (a pesar de que manifestó públicamente su desprecio a Hitler y los suyos y de que ayudó a numerosos judíos a salir de Alemania, su postura respecto al tercer Reich se interpretó siempre como dudosa), sirve en bandeja en Tomar partido para emprender una profunda reflexión sobre la posibilidad de independencia entre arte y política, con especial énfasis, sobre el grado en que la aceptación de la permanencia junto al lobo termina contaminando al cordero, por más que éste considere al primero un criminal.

Impulsado por una actitud más bien maniquea, Arnold intenta inculpar a Furtwängler de colaboracionista ante la Comisión Antinazi, sin tener en cuenta que el único error del director fue no rebelarse contra el régimen nazi para poder seguir desempeñando su labor.

Esta obra fue llevada en el 2001 al cine por el director húngaro István Szabó, en una coproducción multinacional: Francia, Reino Unido, Alemania y Austria con Harvey Keitel (Steve Arnold) y Stellan Skarsgård (Wilheim Furtwängler) como protagonistas y obtuvo varias nominaciones a los Premios del Cine Europeo, entre otros, el de Mejor actor a Stellan Skarsgård.

Antonio Crestani brinda una lectura ágil, cautivadora, bien guiada entre los argumentos principales y los secundarios, con claridad de exposición y que juega acertadamente con intrigas y secretos. Humberto Zurita borda el mejor trabajo de sus últimos años con un comandante Arnold soberbio, y Rafael Sánchez Navarro refrenda su enorme calidad histriónica creando a un Furtwängler excepcional y emocional. La escenografía es espectacular y eficaz. Aquí el teatro es de altura.

El excelente equipo de actores encabezado por Zurita y Sánchez Navarro, pone cuerpo a la poderosa escritura del autor sudafricano. Los actores que acompañan a los protagonistas tienen un desempeño acertado en sus participaciones: Marina de Tavira, Emmi Straube, la secretaria del mayor, con un padre ejemplar pero con un secreto que empaña su alma; Martín Altomaro, Helmuth Rode un músico dispuesto a todo por mantener un status; Stefanie Weiss, Tamara Sachs, mujer desesperada por el destino de su marido, y Sergio Bonilla, Teniente David Wills, un soldado queriendo hacer bien su trabajo.

Crestani ofrece un montaje limpio y preciso permitiendo que los personajes se muestren, a través de estos grandes actores. El mismo autor propone un sencillo espacio de una oficina, donde suceden las vibrantes confrontaciones tanto a nivel intelectual como emocional.


¿Cómo me habría comportado yo en una situación así?

Tomar partido tiene lugar en una Berlín arrasada por las bombas de los aliados.

Es el confortamiento entre los vencidos y los vencedores.

Whiliam Furtwängler, uno de los directores más famosos del mundo es sometido a un abrumador interrogatorio por Steve Arnold, un oficial del Ejército de EE.UU.

Arnold fue elegido por este trabajo por dos razones: detesta la música clásica, y nunca había oído hablar de Furtwängler, cosas que en los ojos de sus superiores garantizan su imparcialidad.

Arnold es muy celoso con su trabajo. Esta decido a atrapar al famoso director. Arnold considera a todos los alemanes como “pedazos de mierda” o “degenerados”, se formo esta opinión después de ver las atrocidades de Bergen-Belsen; tiene pesadillas y el olor la carne quemada no lo deja en paz.

Así que él considera su caso no como un proceso de desnazificación (librar la cultura y el arte de la ideología nazi; permitir que solo los artistas limpios sostengan espectáculos) sino como una investigación criminal.

Parece estar motivado no solo por la justicia sino por un deseo de venganza y durante el proceso hace preguntas muy difíciles de ignorar

¿Hasta a qué punto el arte salva y regenera?

¿Es el arte más importante que el sacrificio de las vidas humanas?

Su manera de tratar a Furtwangler ofende a sus asistentes su secretaria lo acusa directamente de comportarse como un nazi: Fui interrogada por la Gestapo de una manera similar. Exactamente así como Ud. Lo interroga a él

Emmi es uno de los pocos alemanes de los cuales Arnold tiene una buena opinión: es la hija de un oficial alemán asesinado por Hitler, al ser involucrado en el famoso atentado de 20 de Julio 1944.

El otro asistente, David Wills un teniente Americano de origen judío-alemán, que de niño fue llevado por sus padres a un concierto de Furtwängler; y recuerda que su música lotransportaa otro mundo.

Tamara Sachs, viuda de un músico judío al que se supone que Furtwängler lo haya ayudado a escapar de Alemania nazi. A pesar de ser desequilibrada mentalmente  Tamara dice una de las grandes verdades de las obra: ¿Descubrir la verdad?, ¿Quien tiene la verdad?: Los vencedores; Los vencidos; Las víctimas; Los muertos. La verdad ¿de quién?”

Helmut Rode segundo violinista en la Filarmónica de Berlín y espía del partido nazi, un oportunista que sabe transformar cualquier situación a su favor, le da al mayor Arnold la clave para atacar a Furtwängler: Pregúntele sobre su vida privada.



¿Por qué Tomar partido?

El mismo autor lo dice:

Escribí Tomar partido sobre este caso de Furtwängler precisamente por su ambigüedad. Estoy harto de los juegos, películas y libros que tratan el tema en blanco y negro. Los malos alemanes y los buenos aliados.

Estoy interesado de las zonas grises y el caso de de Furtwängler era precisamente así. Elegí un músico porque la música es un lenguaje universal que no tiene fronteras y no necesita traducción. Siempre me ha gustado la música y sobre todo la música clásica alemana.

Con excepción de Furtwängler ninguno de los otros personajes está basado en uno real. He tenido las transcripciones del proceso y mi intención fue de no distorsionar y respetar los argumentos de Furtwängler (su viuda Elisabeth me ayudo en esto).

Su principal argumento viene al final de la obra cuando pregunta a Arnold:

“¿Qué clase de mundo busca, Mayor? ¿Qué clase de mundo quiere? ¿En verdad no cree en el poder del arte para transmitir belleza, dolor y triunfo?

Llamé la obra Tomar partido porque yo estaba decidido a no tomar partido. Nunca voy a decir cuál fue mi elección o de qué lado estoy. Quiero que el público sea quien decida por sí mismo.

Es la pregunta de David, al final de la obra, aquella que yo quiero que cada uno se haga.

¿Cómo me habría comportado yo en una situación así?


El teatro es de todos. ¡Asista!


Muy recomendable.


Tomar partido De:. Ronald Harwood

Dirección: Antonio Crestani.

Actuación: Rafael Sánchez Navarro, Humberto Zurita, Marina de Tavira, Sergio Bonilla, Martín Altomaro y Stefanie Weiss.

Foro Cultural Chapultepec, Mariano Escobedo 665, colonia Anzures.

Viernes 20:45 horas, sábados 18 y 20

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