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domingo, 14 de abril de 2013

VIEJOS TIEMPOS, de Harold Pinter.


Ese impreciso campo de los recuerdos.
Texto y fotos: Salvador Perches Galván.

Harold Pinter nació el 10 de octubre de 1930 en Hackney, un barrio de obreros industriales del East End de Londres. Allí pasó su infancia y vio de cerca la violencia, que años después incorporó a sus piezas teatrales bajo distintas formas.

Hijo único de un sastre de ascendencia judía, a los 13 años rechazó la religión y a los 18 se negó a cumplir el servicio militar como "objetor de conciencia". Su conciencia no le permitía portar armas.
Pinter es el dramaturgo británico más importante de las últimas décadas. Situado entre dos extremos brillantes: James Joyce y Samuel Beckett, Pinter usó el idioma en la medida y filos justos. 




Llegó al teatro de Londres en la segunda mitad de los años ‘50. En 1948 estudió durante poco tiempo en la Royal Academic of Dramatic Art de Londres. En los diez años siguientes, fue actor en varias compañías de repertorio en gira por las islas Británicas. Su primera obra de teatro corta, La habitación, se estrenó en 1957. Destacan sus obras teatrales El cumpleaños (1957), El elevador del restaurante (1957), La fiesta de cumpleaños (1958), El sereno (1959), El portero (1960), La colección (1961), El amante (1962), El retorno a casa (1964), Viejos tiempos (1971), Tierra de nadie (1975), Traición (1978), Una especie de Alaska (1982), Una copa para el camino (1983), Un trago para el camino (1984), Idioma de la montaña (1988), Polvo eres (1996) y muchas más. También escribió obras cortas para televisión, radio y teatro. Entre sus guiones cinematográficos se encuentran El sirviente (1963), Accidente (1967), El mensajero (1971), de Joseph Losey, El último magnate (1976), de Elia Kazan, y La amante del teniente francés (1981), de Karel Reisz. 

Sus obras, enigmáticas y originales, han sido descritas como comedias de amenaza. En una obra típica suya, los personajes intentan, y casi siempre fracasan, comunicarse para reaccionar frente a una invasión o un intento de invasión en sus estrechas vidas. Su diálogo refleja las dificultades de la comunicación y explora los diferentes niveles de significación que producen las pausas y el silencio. 
El autor decía que hay un silencio que es la ausencia de palabras y otro que está debajo de los torrentes de palabras y de los discursos verbales; cuando llega la ausencia de todo ruido, ahí es donde nos podemos comunicar y da mucho miedo exponerse sin palabras, exponer el abismo que uno es y, a veces, es muy impúdico asomarse al abismo de los demás.


Sus Poemas y prosa: 1949-1977 se publicaron en 1978. 

Leído asusta un poco. Sus obras son para verse escenificadas. Son textos para montarlos y que sean los actores los encargados de transmitirlos. Por ello, se comprende la perplejidad ante ellas. Pinter es irritable, porque se entiende todo pero no se comprende nada. Es desconcertante la aparente falta de acción. 

Actúa dentro de la cotidianidad. Desnuda la realidad. Se ha dicho de su teatro que es un teatro del absurdo. Si el absurdo deforma y excava la realidad, el teatro realista es más absurdo. Por ejemplo: cuando en la realidad suena un teléfono no suele ser importante. En cambio en el teatro, Pinter de una llamada intrascendente, hace algo importante.


Pinter juega con giros lingüísticos y esto es difícil para los actores. Este tipo de lenguaje es el que utilizan los políticos. Utilizan las palabras para sus propios intereses, como Pinter. Esos intereses hacen que cuando callan es cuando son más transparentes.

Este aspecto del humor hace difícil de clasificar las obras de Pinter en los tradicionales géneros teatrales, ¿es comedia? ¿Es tragedia?. Los géneros de sus obras son atípicos.
Su mirada es como la de un “voyeur”. Es típico de Pinter, partir de un hecho real, como el de una postal. 
En 1996 rechazó el título de “Sir” que le ofreció el gobierno británico, porque le parecía "sórdido"
El 13 de octubre de 2005, 20 minutos antes del anuncio oficial, se comunicaba a Pinter la concesión del Premio Nobel de Literatura. Su respuesta al teléfono fue un tenso silencio y luego: No tengo palabras .



Siguió desayunando con su esposa, y ante la prensa declaró sentirse “abrumado” por ese honor. Calificó de “misteriosa” la decisión del comité del Premio. Aclaró que hacía años que prefería escribir poesía que teatro y que dedicaba más tiempo a su activismo político que a la literatura. A principios de ese 2005 había anunciado su retiro como dramaturgo. ¿Se le daba ese premio por sus esfuerzos contra la guerra de Irak o por su obra? Esa fue su interrogante ante la prensa.

Es el tercer dramaturgo galardonado en los últimos años.  Los anteriores fueron el irlandés Samuel Beckett y el italiano Dario Fo.

Su evolución teatral es bastante curiosa. Al principio sus protagonistas son proletarios y después la clase media burguesa y alta. En su vida también se relacionó con la clase alta y parecía tener necesidad del lenguaje de los burgueses que es más contenido, pero más virulento que el de los proletarios. Desnudaba todo con más maldad. Llegó a una última fase más explícita, a la que algunos llaman teatro más político. Sus obras tienen ese carácter político. 

Desmontar las contradicciones que subyacen en las relaciones humanas e indagar en la naturaleza del poder y los peligros del fascismo cotidiano, fueron algunas de las preocupaciones que Pinter demostró a través de su obra. También la traición entre hombres por causa de la mujer y la lucha entre el mundo exterior (el medio social) y el individuo.



En Viejos Tiempos (1971), la visita de una amiga de la juventud dispara en una mujer y su marido un juego de recelos, fantasías y especulaciones, en el cual realidad y deseo se funden de manera indiscernible. Ellas no se han visto en 20 años. En este encuentro, se empiezan a producir situaciones en las que tanto el marido, como la visitante, pugnan por tener poder sobre la esposa - amiga llegando a extremos terribles.

Entre los tres hay secretos y ocultamientos que tensan la relación dentro del encierro en el que se encuentran. Son características del teatro de Pinter las situaciones planteadas con un lenguaje cotidiano y la omisión deliberada de explicaciones, a motivos de la acción, que se presentan de manera trivial y se van convirtiendo en amenazadoras, misteriosas y terribles.
Viejos tiempos fue estrenada por la Royal Shakespeare Company en el teatro Aldwych, de Londres, el 1 de junio de 1971. La obra fue producida para televisión por la BBC en octubre de 1975, en abril de 1985 tuvo una nueva producción en el Theatre Royal, Haymarket, Londres, en con Michael Gambon, Incola Pagett y la enorme Liv Ullmann, bajo la dirección de David Jones.

La puesta en escena es compleja y difícil, el hilo conductor es la memoria de tres personajes que se sumergen en el pasado.

La visitante, Anna (Laura Almela), les dice a Kate (Rosa María Bianchi) y Deeley (Arturo Ríos): “Hay cosas que uno recuerda aunque nunca hayan ocurrido. Hay cosas que yo recuerdo, que pueden no haber ocurrido, pero como yo las recuerdo, en realidad ocurren”. No hay certezas. No hay verdad salvo la del lenguaje, que en esta obra Pinter construye con impecable maestría.


Y hablando de memoria, ¿qué sería de la información si no quedara registrada?. En ese invaluable documento que es el libro Así pasan… efemérides teatrales 1900 -2000, su autor Luis Mario Moncada consigna la presencia del autor en nuestro país, en orden cronológico:

El 9 de mayo de 1963 se estrena El guardián, dirigida por Xavier Rojas, con José Baviera, Aldo Monti y Carlos Bracho, en el Teatro Granero. El 18 de mayo de 1966, Teresa Selma y Sergio Verduzco protagonizan El amante, dirigida por Carlos Barreto, en el Centro cultural Coyoacanense. En abril de 1967 Juan José Gurrola estrena Retorno al hogar. Traición se estrena el 9 de junio de 1983 en el teatro Reforma, con Ofelia Medina y Jorge Humberto Robles, dirigida por Marta Luna. El 6 de julio de 1994 Ludwig Margules estrena Tiempo de fiesta y Luz de luna, dos obras cortas de Pinter, traducidas por Carlos Fuentes, en el teatro Juan Ruiz de Alarcón, con un numeroso elenco entre los que destacan Laura Almena, Julieta Egurrola, Luisa Huertas, Diego Jauregui, Jesús Ochoa y Luis Artagnán.  En octubre de 1994 la compañía Teatro a Domicilio ofrece llevar la representación de Traición, hasta la casa de quien marcara un número telefónico. Siguiendo con la oferta a domicilio, Rodrigo Johnson presenta en la sala del suyo, Cartas a mamá, de David Olguín, a partir del guión radiofónico de Pinter, con las actuaciones de Rodrigo Vázquez, Luis de Icaza y Laura Sosa. En mayo de 2001 en la Gruta, del Helénico, Carmen Delgado y Arturo Beristaín llevaron a escena Cenizas a las cenizas, también traducida por Carlos Fuentes y dirigida por Mauricio García Lozano. 

El año pasado el autor tuvo fuete presencia en escenarios capitalinos: la UNAM produjo El amante, dirigida por Iona Weissberg, con Marina de Tavira y Antonio Rojas, con una primera temporada en el Teatro Santa Catarina, y después en el Helénico, donde se estreno Traición, con Marina de Tavira, Juan Manuel Bernal y Bruno Bichir, dirigidos por Enrique Singer.

El 10 de noviembre de 1972 en el Teatro de la Danza se estrenó Los viejos tiempos, con traducción de José Emilio Pacheco, dirección de Manuel Montoro, interpretada por Ana Ofelia Murguía, Claudio Obregón y Mabel Martín. Poco más de cuatro décadas después, retorna al mismo espacio, aunque no al mismo teatro Viejos tiempos.


Sobre el texto del Premio Nobel, Rubén Szuchmacher, director de la nueva puesta en escena, afirma: “El autor escribe de una manera muy particular, porque genera una situación que parece muy natural y de pronto la situación es muy extraña; no trata de mostrar el absurdo de la vida, sino reflexionar acerca del funcionamiento de la memoria. En ese sentido, la obra tiene vigencia, por el tema, pues aun nos preguntamos cómo funciona nuestra memoria, sobre todo en un momento en el que hay tantos sistemas de registro. Consecuentemente, igual que el inconsciente, sigue alterando, cambiando y cuestionando el concepto de verdad histórico”.

A decir de los expertos, esta obra de Pinter va de lo realista a lo conceptual.

Los tres personajes recorren un pasado que puede o no haber sucedido, pero que inevitablemente parece haber dejado marcas indelebles en ellos. La memoria, o aquello que se cree que es la memoria, se transforma en un arma para dominar y controlar a los demás. En definitiva, en un combate imposible.

Con ironía, Pinter construye una batalla campal con modales elegantes y compuestos, que se desarrolla en ese impreciso campo de los recuerdos de manera peligrosa. La puesta en escena es del argentino Szuchmacher, quien ha realizado una intensa tarea en el quehacer teatral.

El texto de Pinter es la exaltación de la palabra. Casi todas se refieren al pasado, esa obsesión tan pinteriana. Dicho pasado se expresa a través del capricho, de la trampa, de los sentidos, de la desintegración de la memoria. De pronto hay destellos luminosos, de pronto de sombra, pero la constante es el claroscuro. La identidad es una falacia, parecen afirmar continuamente sus tres únicos protagonistas. ¿Cómo saber si en efecto, si los recuerdos de Deeley son reales, o simples productos de una necesidad? ¿Cómo dilucidar si esos mismos recuerdos no están mezclados con los de Kate, tan necesitada como él de un pasado paralelo? Entre ambos, aparece la figura cautivante y remota de Anna, que viene a ser algo así como el objeto condicionado en las otras dos memorias. Ella podría arrojar luz sobre lo ocurrido hace veinte años, pero no lo hace. ¿Por cálculo? ¿Por impotencia? Nunca se sabrá.

Szuchmacher nunca pierde la pista del lenguaje pinteriano. Los hilos del suspenso y de la intriga están cuidadosamente tendidos. Mide cada réplica, subraya cada pausa y busca una razón precisa para iniciar o detener cada movimiento sobre el escenario. Dirección con precisión y afán matemático. Rosa María Bianchi, Arturo Ríos y Laura Almela saborean cada palabra antes de proyectarla sobre el espectador. 

 “Más allá de cualquier otra consideración, nos enfrentamos con la inmensa dificultad, si no la imposibilidad, de verificar el pasado. No me refiero meramente a hace algunos años, sino a ayer, a esta mañana…. Si se puede hablar de lo difícil que es saber qué pasó ayer mismo, se puede tratar de la misma forma al presente. Todos nosotros interpretaremos una experiencia en común de modo muy diferente, aunque preferimos apuntarnos a la idea de que existe un campo común compartido”. Estas palabras de Harold Pinter, que forman parte de su texto Escribir para el teatro, parecen resumir perfectamente Viejos tiempos, obra del Nobel británico a la que se enfrentan tres actores excepcionales Rosa María Bianchi, Arturo Ríos y Laura Almela y salen victoriosos, bajo la dirección de Rubén Szuchmacher, profesional también dedicado a la interpretación.



El teatro es de todos. ¡Asista!

Muy recomendable. 

Viejos tiempos. De: Harold Pinter.
Dirección Ruben Szuchmacher
Actuación: Rosa María Bianchi, Laura Almela y Arturo Ríos.
Sala Xavier Villaurrutia. Centro Cultural del Bosque. Reforma y Campo Marte s/n detrás del Auditorio Nacional. (Metro Auditorio).
Jueves y viernes a las 20 horas, sábados 19 horas y domingos 18 horas. Hasta el 13 de mayo excepto del 28 al 31 de marzo y el 5 de mayo












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